la Tabla Esmeralda
(El amor no lleva mascaras Alina Octavia Marcu)
… volvieron a la tierra, los cuerpos, la realidad, la que uno ve a veces tan solo con la vista que no con los ojos del alma.
Pararon por unas horas en las orillas de un lecho de piedra que permitía el fluir de un rio que rompía en una cascada con agua bien fresca, en la que se bañaron como para bautizarse en aquello en lo que recién se habían estrenado aún sin terminar de ser conscientes de ello. El frío del agua terminó de dar “pesadez de cobalto” al éter que pugnaba por manifestarse.
Neen salió del agua sin tener bien claro si tiritaba por el frio o por la vibración interna que sacudía su columna como si de un intento de despertar todos sus sentires se tratara.
Sus pies se iban hundiendo en la tierra de aquel camino bendito en el que ahora estaba dando los primeros pasos, y podía sentir la mirada de el tratando de poner un lazo invisible a sus tobillos.
Se sentó en el nacimiento de la cascada contemplando la iridiscencia de las libélulas, solitaria, como siempre, la cabra, la hechicera, la sacerdotisa, la niña, las alas… Dejo que el zumbido de aquella multitud de alas cuele por sus oídos su mensaje: “como es arriba, es abajo”.
La naturaleza brillaba en un equilibrio solemne. Los elementos y los elementales anunciaban en voz bajita el fiel cumplimiento de una voluntad, y ella trataba de calmar el temblor interno para poder alinearse con lo dictado cuando él decidió sentarse a su lado y dar rienda suelta a lo que mejor sabe y ama… palabras… que se iban grabando de alguna manera, en las gotas de agua que parecían querer quedarse suspendidas, como si fueran una Tabla Esmeralda .
Lo miro, más allá de su piel como una hoja de papel de arroz que contaba una historia antigua y extraña, más allá de su timidez disfrazada, de su índice apuntando un lugar exacto a la raíz de su nariz, más allá de todo eso veía un niño antaño, un Peter Pan venciendo a las sombras, un lobo estepario en pugna por darse muerte o vida, un Damian y un Harry, un Rilke, un náufrago, y un buscador de nuevas tierras, y se hizo tierra…
Dicen, por allí, que los primeros momentos de un encuentro son el reflejo del probable desarrollo del mismo. Que en unos pocos instantes se muestran todos los arquetipos, las mascaras, las ausencias y los sobrantes. Es como un mensaje encriptado de todo lo que podría llegar a ser.